miércoles, 27 de diciembre de 2017

La lectura o la vida. Año 2017.






Ha sido un año de lecturas consistentes y en algunos casos sesudas. Muchas han sido entretenidas y muy sugestivas intelectualmente. Sin embargo, he echado en falta más literatura, narraciones y relatos que me ofrecieran una sensación deslumbrante y aventurera. Lo achacaré a mis estados de animo y necesidades durante estos meses. No es fácil elegir siempre. Para los próximos años, debo elegir propósitos de viajes, conciertos, momentos... y ampliar el foco. El tiempo apremia.


Enero,

La industria de la felicidad, un contundente ensayo sobre la felicidad obligatoria de Occidente, su búsqueda como síntoma y los humanos, demasiado humanos motivos que la suscitan.

Desde los años sesenta, las economías occidentales han tenido que afrontar un problema fundamental: dependen cada vez más de nuestro compromiso psicológico y emocional (ya sea en el trabajo, con las marcas comerciales, con nuestra propia salud y bienestar), pero también cada vez les resulta más difícil conseguirlo. Las formas de renuncia personal a dicho compromiso, muchas veces manifestadas como depresión y enfermedades psicosomáticas, no sólo redundan en el sufrimiento experimentado por el individuo sino que alcanzan consecuencias económicas, con la consiguiente preocupación para gobernantes y directivos. Sin embargo, los datos que aporta la epidemiología social describen un panorama inquietante, en el que la infelicidad y la depresión se concentran en las sociedades muy desiguales, marcadas por los valores fuertemente materialistas y competitivos. En los lugares de trabajo se hace creciente hincapié en el compromiso comunitario y psicológico, pero las tendencias económicas a largo plazo discurren en sentido contrario, hacia la atomización y la inseguridad. Tenemos, así, un modelo económico que atenúa los atributos psicológicos que, a la vez, precisa para su supervivencia.

Recomendado para leer por la mañana, antes de encaminarse a trabajar.


Febrero,

Hillbilly, una elegía rural. Su elocuente subtítulo, "Memorias de una familia y una cultura en crisis" ofrece una prometedora perspectiva acerca de la vida cotidiana y puntos de vista sobre la decadencia de una clase social, antaño dirigente, que ha aupado a Donald Trump al poder. Creo que sentimentaliza en exceso acerca de una realidad que no es más implacable con nadie; simplemente, hay quienes sienten que las vida les debe más. De cualquier modo, ofrece un apreciable intento de comprender que no hay nadie con una vida regalada, tampoco.

Quizá sea blanco, pero no me identifico con los WASP (blancos anglosajones protestantes) del Nordeste. En cambio, me identifico con los millones de americanos blancos de clase trabajadora y de ascendencia escocesa e irlandesa que no tienen un título universitario. Para esa gente, la pobreza es una tradición familiar: sus antepasados fueron jornaleros en la economía esclavista del Sur, después de eso aparceros, posteriormente fueron mineros del carbón, y en tiempos más recientes maquinistas y empleados de acerías. Los estadounidenses los llaman hillbillies, rednecks (cuello rojo) o basura blanca. Yo los llamo vecinos, amigos y familia. 

Para leer una tarde de verano con calor pegajoso y tomando limonada.


Marzo,

El prisionero de Zenda, una gozada. Un relato que no aspira más que a hacernos sonreír e imaginar, si es que son cosas distintas. Como me gustaría ir de vacaciones a Ruritania y sonyar con aventuras pasadas de moda y por eso mismo, eternas.

Pienso lo mismo, pero quiero saberlo con certeza. Acudiré á la cita, Sarto.
— No, yo iré.
— Hasta la puertecilla del muro, pero no más adelante. 
— Iré al cenador.
— ¡ Que me ahorquen si lo permito! exclamé levantándome y apoyando la espalda en la repisa de la chimenea. Sarto, añadí, tengo confianza en esa mujer, é iré.
— Pues yo no tengo fe en ninguna mujer, y no irá.
— O acudo a la cita o me vuelvo a Inglaterra, le dije. 

Para leer al volver del trabajo y soñar otra vida.


Abril

La edad de la ira/Estudios del malestar/La democracia sentimental, tres ensayos que indagan sobre la condición de nuestro tiempo, el malestar que sentimos como ciudadanos, la búsqueda de una plenitud frustrada por instancias que sentimos lejanas y el sentimiento de vacío y cólera que despierta vernos marchitando sin lograr dar fruto. Y un conveniente recordatorio: la dinámica ronca y agria del presente no nace del cinismo, sino de la inocencia, o del anhelo de ella.

Asistimos así a la reaparición de viejos fantasmas políticos: toda una compañía recorre el continente. Son fantasmas en sentido estricto, viejos conocidos en trance de reaparición espectral: el nacionalismo, la xenofobia, el populismo. Suiza votó en referéndum limitar la entrada de trabajadores comunitarios, el Reino Unido votó abandonar la Unión Europea, el nacionalismo secesionista ha cobrado fuerza y los partidos populistas han crecido —a izquierda y derecha— en todo el continente. Sin olvidar, al otro lado del Atlántico, la nominación de una estrella de los reality shows televisivos como candidato a la presidencia del Partido Republicano. Son fenómenos que apuntan en una misma dirección: hacia un movimiento de introversión agresiva dominado por las emociones antes que por la razón. O, al menos, guiado por razones que parecen poco razonables en el marco de una conversación pública donde nadie escucha a nadie. Incluso las reivindicaciones más extrovertidas —del 15M al movimiento Cinco Estrellas de Beppe Grillo, pasando por el Tea Party norteamericano— se inclinan hacia un cierto irracionalismo, cuyo rasgo más característico es la búsqueda de un chivo expiatorio: los banqueros, la casta, los ricos, el gobierno. Abreviando, el establishment contra el que dice levantarse el insurreccionismo antipolítico a cuya turbia primavera estamos asistiendo. El resultado es una amalgama de pasiones e hipérboles que se parece bien poco a la esfera pública sosegada que soñaron los ilustrados como fundamento para nuestras democracias representativas.

Para leer al despertar y poner los pies en el suelo.

Mayo,

El problema de los tres cuerpos/El bosque oscuro, los dos primeros libros de una trilogía de ciencia ficción que especula con un encuentro extraterrestre angustioso y amenazante. Directos y ambientados fuera de la esfera occidental donde se suelen incluir a los demás sufrientes, es disfrutable, mejor cuanto más ligeramente. Dirígete a tu nave a sal a contemplar los confines de tu barrio estelar.

Pongamos que la humanidad es una mosca, particularmente fastidiosa. No solo incordia, sino que se multiplica sin remedio y sin respeto por otras formas de vida. Pongamos que existe un periódico capaz de matar a dicha mosca de un plumazo. La pregunta es: ¿Hay que blandirlo y fulminarla de la existencia o hay, por el contrario, que buscar una alternativa?

Para leer antes de salir a contemplar las estrellas.

Junio,

SPQR. Mary Beard recorre con nosotros parte de ka historia de Roma, con humor, escepticismo y sabiduría. Había leído que hay colas para asistir a sus conferencias. Ahora puedo entenderlo. 

In extending citizenship to people who had no direct territorial connections with the city of Rome, they broke the link, which most people in the classical world took for granted, between citizenship and a single city. In a systematic way that was then unparalleled, they made it possible not just to become Roman but also to be a citizen of two places at once: one’s home town and Rome.

Para leer a mediodía, con el sol reptando por los hombros como legionarios por los muros.

Julio,

La llamada de Cthulhu. No había leído nada de Lovecraft aparte de su gran miniatura "El necronomicón". Debo hacerlo más, convierte sus relatos en juegos de laberintos con pasillos cegados y luces esquivas, a la manera de Borges.La llamada de un Dios salvaje y cruel y sus rastros en una ciudad tranquila no asustan ya mucho, pero ofrecen el cosquilleo de placer que la invención bien tejida provoca en el lector.

Cthulhu existe también, supongo, en ese refugio de piedra que le sirve de abrigo desde que el sol era joven. Su ciudad maldita se ha hundido otra vez, pues el Vigilant navegó por aquel lugar después de la tormenta de abril; pero sus ministros en la Tierra bailan aún, y cantan y matan en lugares aislados, alrededor de monolitos de piedra coronados de imágenes. Cthulhu tuvo que haber sido atrapado por los abismos submarinos pues si no el mundo gritaría ahora de horror. ¿Quién conoce el fin? Lo que ha surgido ahora puede hundirse y lo que se ha hundido puede surgir. La abominación espera y sueña en las profundidades del mar, y sobre las vacilantes ciudades de los hombres flota la destrucción. Llegará el día... ¡pero no debo ni puedo pensarlo! Ruego que si no sobrevivo a este manuscrito, mis ejecutores testamentarios cuiden de que la prudencia sea mayor que la audacia e impidan que caiga bajo otros ojos.

Para leer de madrugada, cuando cualquier ruido inquieta.

Agosto,

¿Por qué no el socialismo?. Un breve y sorprendente ensayo, no tanto por su brillantez, esperable en un académico (al menos algunos), sino por su honestidad; el mercado ha sido el hallazgo para encauzar el impulso humano a favor de uno mismo. No hay por el momento un sistema que permita impulsar otro impulso igual de fuerte, el altruista, en las sociedades modernas. 

Para leer en vez de perder el tiempo con campañas electorales que denigran la condición de ciudadano.

Septiembre,

HHhH, "Heydrich es el cerebro de Himmler". Un meritorio trabajo, deudor del estilo del magnífico Emmanuel Carrere. Sin su talento para interesar al igual en la digresión que en la narración, el autor desgrana convincentemente una idea muy sencilla; solo tú puedes salvar el mundo. Sus momentos de tensión están bien recreados. Un buen debut, sin duda.

El momento se acerca, lo presiento. El Mercedes está en camino. Llega. Flota en el aire de Praga algo que traspasa hasta los huesos. Las revueltas de la carretera trazan el destino de un hombre, y de otro, y de otro, y de otro. Veo unas palomas que echan a volar de la cabeza de bronce de Jan Hus y, de fondo, el decorado más hermoso del mundo, Nuestra Señora de Týn, la negra catedral con sus torres afiladas, ante la que me dan ganas de caer de rodillas cada vez que puedo admirar la gris majestad de su maléfica fachada. El corazón de Praga late en mi pecho. Oigo la campanilla de los tranvías. Veo a unos hombres de uniforme verdegris cuyas botas resuenan sobre el pavimento. Estoy casi allí. Debo ir. Es preciso que vaya a Praga. Debo estar ahí en el momento en que todo se va a producir.
Debo escribirlo allí

Para leerlo en la noche, antes de dormir y volar a un sueño justo, sin hombres perversos.


Octubre,

Biblia, Corán, Tanaj. Un ensayo luminoso sobre las discrepancias mínimas entre las religiones del Libro. Ese Libro que ha moldeado espíritu y cerebro de nuestros antepasados y de nosotros mismos. Inmersos en un mundo raudo, generalmente simplificamos puntos de vista ajenos y mentalidades colectivas. Este libro aporta modestas claves para una mejor interpretación de lo que nos pasa a veces.

La tradición bíblica es una única narrativa, matriz de tres religiones, remotamente originaria de Súmer, en el sur de Irak. En cierto momento se diferenció de su tronco pagano con la legendaria salida de un simple individuo, Abraham y su familia, de Ur (posiblemente Ur III según la arqueología), pasando por Harán, y el relato fue creciendo y desplazándose a lo largo de casi cuatro mil años, hacia el oeste hasta alcanzar las costas atlánticas. Esa trayectoria que acabó atravesando el mundo entero representa un largo periplo iniciático, centrado esencialmente en la recuperación del paraíso perdido. Un primer itinerario se inscribió sobre guías místicas para alcanzar el paraíso más allá de la muerte - en el Renacimiento fue un mapa geográfico, en pos de las maravillosas Ofir y Cipango allende los mares - y con la modernidad ha inspirado para muchos un viaje temporal, "progresista" e incluso revolucionario hacia una utopía que culmina la historia.

La tradición hebrea fue la primera en fundarse en torno a los motivos del exilio. Exilio mítico debido a la caída o expulsión del Edén, arrojados al erial en que se convirtió la naturaleza despúes del crimen de Caín; al que se suma el exilio histórico decidido por Abraham, que abandona la pecaminosa Babilonia para dirigirse con los suyos a una imprecisa tierra prometida, Canaán, hacia el occidente. 

Para leer antes o después de ver las inevitables noticias.


Noviembre

Pastoral americana/La mancha humana/Me case con un comunista. Una trilogía de la destrucción, por Philip Roth. La fragilidad de nuestra condición, el daño que hacemos y la erosión de los días, entre otras reflexiones punzantes. Me quedo con una particularmente fina: la arrogancia suele provenir de una íntima sensación de fracaso.

Dejamos una mancha, dejamos un rastro, dejamos nuestra huella. Impureza, crueldad, abuso, error, excremento, semen..., no hay otra manera de estar aquí. No tiene nada que ver con la desobediencia. No tiene nada que ver con la indulgencia, la salvación o la redención. Está en todo el mundo, nos habita, es inherente, definitoria. La mancha que está ahí antes que su marca. Está ahí sin la señal...

Para leer cuando las nubes anuncian el fin del atardecer.

Diciembre,

El busto del emperador/Fouché, el genio tenebroso, dos libros de los autores centroeuropeos crepusculares Joseph Roth and Stefan Zweig. El busto del emperador es una elegía satírica, valga el oxímoron, acerca del fin y la fragmentación del Imperio de Austria-Hungría, un mundo de pasaportes y orgullos empequeñecidos. La biografía de Fouché hace honor a la fama de narrador de Zweig. Por sus páginas desfila un consumado político y una sugerencia obvia, mas siempre inquietante: la historia es hecha por el azar y voluntades más mezquinas que nobles. Los demás solo aspiran/mos a sobrevivir.

Para leer en la sobremesa y digerir con la conciencia los empachos de la modernidad.


Esto es todo, amigos. Pasad un buen año de lecturas, bailes, cine, viajes, lo que sea que os llene y motive y plenos de salud. Leer expande la vida, pero la vida es más grande que cualquier intento de fijarla.

Sed buenos y no cedáis a la vanidad. Que Dios nos dé salud y días.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Radiografía breve.

El mundo es el limite de ideas, creencias, opiniones. Fuera de él vibra la ofensa, roja, amenazadora. La capacidad de sentirme ofendido expresa la virtud de mi creencia.

El homo sentimentalis se ha impuesto a la sensibilidad. No se trata de sentir, sino de exhibir que se siente (Milan Kundera).

Hay tecnología y fondos para las más ensoñadoras y fértiles iniciativas futuristas. Las empresas comunes y cívicas languidecen por falta de medios.

La política adula a sus electores para ofrecerles una imagen de si mismos corregida y mejorada y a cambio atraer su apoyo. Ya se buscarán enemigos y culpables luego.

La faceta de cliente ocupa todas las esferas de la vida  de la persona en su relación con otras. El cliente siempre debe tener razón.

El ocio estimula la facilidad y la simpleza. Películas de superhéroes, hazañas de deportistas, dilemas que se resuelven en un maniqueísmo que se traslada a la visión del mundo.

El bien y el mal ya no son la escala universal de medida. Cada vez más, se impone la alternativa divertido/aburrido.

El lenguaje se simplifica y el mundo con él. Vuelve el afán nominalista de querer establecer una vinculación íntima y esencial entre lo que nombra y lo nombrado.

El fulgor de la violencia ha disminuido, pero la fascinación por la brutalidad y el morbo de la comprobación de nuestra fragilidad consume  el tiempo. La muerte es ignorada pero su brillo oscuro angustia porque se niega.

El odio forma parte de lo que uno es. Lo que uno es no puede ni debe aspirarse a ser cambiado.

Soy lo que digo que soy y no lo que muestro ser. Esta divisa filosófica ubicua ha reemplazado al Conócete a ti mismo.

La vida y sus decisiones paralizan. El apetito de Fausto no iguala el nuestro.

El yo aspira al dominio universal y, sin embargo, no parece ser nada sin los ojos de otros. Si no se muestra, no existe.

La sospecha equivale a la crítica. El criterio no se forma. La alabanza se desprecia. Para auparse en un pedestal, se zahiere a los que están alrededor y se los rebaja.

La comodidad es un valor más deseable que la angustia de la educación y el conocimiento. La igualdad es un valor sin contenido real porque no se basa en nada más que en su propio principio desnudo.

La virtud justifica cualquier medio para hacerla resplandecer.

Las ocurrencias se hacen pasa por ideas.

A la realidad no le importa nada de esto. Se limita a existir y a aplicar su medida indiferente.

Nadie sabe a dónde ir.








domingo, 5 de noviembre de 2017

La verdad sobre Sancho Panza

Era un hombre que había conseguido prosperar en una vida dura. Cada mañana arreaba el jumento hacia los campos castigados por el sol y arañaba, cuidaba, recogía, sudaba. Pagaba al recaudador su inicua parte y disfrutaba de su esposa y sus hijas, que preparaban su jornal y ayudaban con la doma de la tierra. Se hacía viejo y habiendo adquirido otros campos feraces, pudo arrendar aparceros que la aliviasen la carga. Su familia se reunía en torno a él las noches, e invitaban al barbero, al cura, y a algunos bachilleres para que les contaran historias.

Era lo mejor del día. Contra las luchas de los buenos caballeros cristianos, limpiando la mala hierba y protegiendo la fé, su campo, ¿qué valía?. Y así fue como Enrique Sánchez sintió lo que tú lector, ya has sentido otras veces: la frustración de vivir en un mundo del que ha desaparecido la edad dorada y en el que no somos protagonistas de hechos épicos y apasionados. La hacienda que lo había atemperado y apagado el temor del hambre, también había enfriado su sangre y adormecido su coraje  sediento. Pero la vida del hombre está llena de estos asuntos y mal que bien, hay que saber el pan que alimenta y el que da vida. Así que seguía llevando sus asuntos con diligencia y soñaba en privado.

Un día, mientras estaba en una feria, vio un puesto de manuscritos. Aunque no sabía leer, distinguió algunos símbolos. Contrató después para sus cuentas a un morisco, que le contó la historia de un caballero andante por parajes remotos. Enrique entonces quiso proponerle un escrito de la historia a su manera, cambiando algunas partes, para su deleite privado. Pasaron días y noches componiendo, mientras las hijas y su mujer cuidaban y controlaban la Hacienda. Hubo épocas de confusión; su padre parecía otro, disperso y enfrascado en unas cuentas que no eran arduas.

Con su sirviente, seguía traduciendo el manuscrito de Cide Hamete Belengeli. Llamó al caballero Alonso y lo despojó de vigor, usando como modelo a un lejano tío que había sido excéntrico. Sus acotaciones rellenaban el manuscrito arábigo creando otro, del que creó a un autor, llamándolo Miguel de Cervantes en atención a un sobrino suyo que había sido bachiller en años y mudádose a la corte. Hablaría de la épica anhelada y como al fin, cuentan la esposa, la prole, la hacienda y los pocos amigos. Y por eso quiso ir con él y ser Sancho Panza, para, sin saberlo, aplicar la ironía a un mundo exaltado. Y quiso la suprema ironía que de él apenas quedara nada, salvo algunos papeles con su nombre torpemente escrito, intentando aprenderlo antes de volver al sol, al jumento y el arado. Su esposa los descubrió y sin saber que eran ni ver números, los perdió en el fuego. Días después, el morisco, con su texto aljamiado, partía hacia otros campos con sus manuscritos en la alforja y una sola orden: nunca decir el lugar en el que fueron creados.



PD1: La naturaleza prosaica de la realidad ha derrumbado imperios prósperos por un hastío vital que late en lo profundo del ser humano. Como el devenir de la exaltación provoca monstruos, que mejor lección que la de Cervantes, creando un mundo en el que Dios y la ironía tienen el mismo nombre.

PD2: Claro que he recordado este, antes de escribir. Como no hacerlo

Hasta pronto.

jueves, 28 de septiembre de 2017

El juego infinito. Capítulo I, parte I




Los retazos mutilados que perduran tras las fatigas del sueño son como paisajes arrasados tras la batalla. La realidad que nace de la claridad que llega desde el cielo aparece frágil y espesada por su rastro. Cuando se repiten inalterables, esa batalla es entre Dioses que luchan por una voluntad.

Así lo sentía Abdel. Toda la heredad que su labor había levantado, el ganado, la tierra, se desvanecían cada noche en alas de signos, visiones, brumas nocturnas que creía avisos. Y cada despertar, su mirada se veía velada como por un fuego que deformase la realidad. Solo la noche permanecía. En ella, la oscuridad se hacía penumbra, y luego velo. Montañas que se acercaban bajo el paso de las negras nubes, bajas, estruendo de tormentas, y resplandor claro. Más tarde, esas montañas caían como arenisca y de su seno nacía un enorme sol blanco. Era plácido y lo había interpretado como una buena señal, así también los suyos consultados. Pero su persistencia, y algunos otros sucesos, lo movieron a duda. Y a veces ni siquiera el rumor del arroyo y los gritos de la populosa urbe, orgullo de su gente, desperezándose lo aliviaban.

El sol trepaba los escalones de la pirámide escalonada que era el símbolo de la permanencia de su pueblo en esa agraciada tierra. Es un zigurat, querido lector. Y a Abdel nunca le había importado mucho más que como un símbolo de unión entre sus ancestros y su futura prole, que también prosperaría a su sombra. Era para él, orgulloso y humilde, la roca inmutable a la que su linaje se aferraría en el océano del cambio que predicaban los celosos, la orden del templo.

Es un edificio magnífico. Los celosos sostienen que fue erigido poco después del primer crepúsculo. Varios pisos unidos por escalinatas exteriores e interiores, pintados y decorados en atención a las divinidades ensalzadas, en orden de menor a mayor importancia. Las del agua, las del éter, las del viento terrestre, las de la tierra, las del mundo inferior, las de la arena, las de las constelaciones, las del viento divino, que lleva en sus entrañas el fuego. Por eso una hoguera que nunca declinará arde cada noche en la estancia central, y solo los celosos pueden acceder a su estancia.

Estanques, fuentes y árboles decoran algunas bases de los pisos, añadiendo su rumor y frescor a la pintura terrosa. Estatuas de bronce representan pasajes de la historia de la primera tribu, divinidades menores y aves de plumaje vibrante. Cariátides sostienen pasajes que conducen a estancia para la meditación, entre azulejos delicados y mullidos cojines. Las estancias penitenciales son alcanzadas tras atravesar pasillos oscuros con las paredes de oro. En la cúspide, un fuego (no consagrado) ilumina las noches. Y las bibliotecas recopilan oraciones y conocimiento de las divinidades y sus emanaciones desde donde los humanos han sido capaces de penetrar. Son estancias de luz natural amplificada por sutiles espejos. Hay también estancias secretas que sólo los celosos frecuentan. Dicen, y Abdel los cree, que el Zigurat fue creado para sobrevivir eterno, incluso a la muerte de todo lo nacido y la futura destrucción del mundo, antes de la Unión final a los elementos. Y no fue construido por manos humanas.

Pero el escribiente tiene el privilegio de apartar la noche de los tiempos con solo un movimiento de su párpado. La pirámide escalonada que sostenía el fuego de las aves sacras había sido construida, según la tradición impuesta, por Gigantes de alas negras a las órdenes de los primeros, un grupo de profetas y legisladores de la estirpe de la primera tribu, cuya ciudad fue demolida por la furia de los genios de la arena, olvidados en los sacrificios rituales. Las otras tradiciones rezan extraños destinos para esa ciudad primera, a la que llaman Reth. Coinciden todas en que la ciudad no fue destruida, sino que se encuentra aún bajo las ondas de arena. Los sokhai, que no admiten el licor y veneran a los peces, afirman que la bajo el desierto hay un mar, y en ese mar resplandece Reth, cuya pirámide es el espejo de la de Ruk, pero con incomparable magnificencia y brillo. Piense el lector lo que desee, pues no es la pirámide celeste el centro de nuestra historia. La realidad es que ese incomparable Zigurat, existió, existe en el momento en el que el narrador teje la historia. Y hacia la ciudad que lo cobija se dirige ahora Abdel, meditabundo.

Le gustaba acudir a ella cada día al amanecer para contemplar como se desperezaba lenta y titánica cuando los edificios de adobe iban vistiéndose del color de las nubes del Sur. Eran esas nubes que soñaba, las que abrían el paso a la luz. Abdel quería despojarse de ese recuerdo que lo turbaba sin razón aparente. Caminaba mientras los mercaderes instalaban los toldos, y los animales se agitaban en jaulas o atados a estacas. Muchos de ellos no verán la luz de otro día, y como ocurriera con cualquiera de los celosos de la más alta orden, la ciudad era completamente indiferente a su destino, fuera auspicioso o cruel. Le acompañaban a veces sus hijos pequeños, aún no aptos para la labor. Al regresar acarrearían los cubos de agua y leche y apilarían leña. Los niños miraban todo con ojos antiguos, aprendiendo las diferencias entre su lógica simple y las complejidades de un mundo que era una guerra. Cuando se discutía una venta, cuando se leía una sentencia solemne, cuando la populosa multitud se reunía para discutir el favor de los Dioses. Abdel caminaba con la dignidad requerida para enfrentarse a esos desafíos, a los que había aprendido a amar. La codicia de los venteros, la malicia de los tratantes lejanos, la lastimosidad fingida de los celosos, la violencia soterrada de los desposeídos que hacían cola en los pequeños templos para recibir su ración mínima. La vida bullía en cada rincón.

Tras discutir acerca de algunas ventas, Abdel se dirigió a los baños cercanos al templo de la divinidad de la arena para que sus hijos pudieran ver la formidable fuente que representaba las fuentes de los 11 ríos que rodean el mundo y los dioses que moran en ellos. Luego, los dejó en la casa del maestro donde aprendían las cuentas del escriba. Luego se dirigió a una de las cuevas de los augures, pues sus sueños lo atormentaban y necesitaba saber que había dentro de él que creaba esas imágenes; la última noche, fantasmagóricas coreografías de macilentos atravesaban sus campos y aterrorizados, se dirigían hacia el Sur, movidos por un viento interior irresistible. No le hablaban, solo le mostraban ojos llenos de tristeza y temor y se llevaban sus cosas invitándole vehemente a seguirle. Y Abdel sentía, pese a lo que su mujer le decía para tranquilizarlo, que esas imágenes contenían verdad, que había un peligro acechando su mundo.


miércoles, 16 de agosto de 2017

Los hijos de Hurin. Contiene spoilers.






Yo soy el Rey Mayor: Melkor, el primero y más poderoso de los Valar, que fue antes que el mundo, y que hizo el mundo.
La sombra de mi propósito se extiende sobre Arda, y todo lo que hay en ella cede lenta e inflexiblemente a mi voluntad. Pero sobre todos los que tú ames mi pensamiento pesará como una nube fatídica, y los envolverá en oscuridad y desesperanza.
Dondequiera que vayan, se levantará el mal. Toda vez que hablen, sus palabras tendrán designios torcidos. Todo lo que hagan se volverá contra ellos. Morirán sin esperanza, maldiciendo a la vez la vida y la muerte.
Pero Húrin respondió:
—¿Olvidas con quién hablas? Las mismas cosas dijiste hace mucho a nuestros padres; pero escapamos de tu sombra.—Esto último te diré entonces, esclavo Morgoth —dijo Húrin—,no perseguirás a los que te rechazan más allá delos Círculos del Mundo.
—Más allá de los Círculos del Mundo no los perseguiré —dijo Morgoth— porque nada hay allí. Pero dentro de ellos no se me escaparán en tanto no entren en la Nada.
—Mientes —dijo Húrin.
—Ya lo verás, y confesarás que no miento —dijo Morgoth. Y llevando a Húrin de nuevo a Angband, lo sentó en una silla de piedra sobre un sitio elevado de Thangorodrim, desde donde podía ver a lo lejos la tierra de Hithlum al oeste y las tierras de Beleriand al sur. Allí quedó sujeto por el poder de Morgoth; y Morgoth, de pie al lado de él, lo maldijo otra vez y le impuso su poder de manera que Húrin no podía ni moverse ni morir, en tanto Morgoth no lo liberara.
—Ahora quédate ahí sentado —dijo Morgoth—, y contempla las tierras donde aquellos que me has entregado conocerán el mal y la desesperación. Porque has osado burlarte de mí y has cuestionado el poder de Melkor, Amo de los destinos de Arda. Por tanto, con mis ojos verás y con mis oídos oirás, y nada te será ocultado.

Adoro este relato oscuro de Tolkien, acabado por su hijo Christopher. La descripción del mal, el de las trincheras que vivió, los nidos de ametralladoras son aquí una cosmogonía del dolor perpetuo. Los personajes intentan elevarse, como en su mitología nórdica del anillo. Pero el destino, el tiempo, el mal pesan como en la griega y caen cansados antes de caer hacia los bordes de la sombra. Y la prosa es vibrante y desesperada como un vendaval que azotase el risco.

Entonces escapó como el viento, y ellos se quedaron asombrados, preguntándose qué locura le habría dado; y lo siguieron. Pero Túrin corrió dejándolos muy atrás; y llegó a Cabed—en—Aras, y oyó el rugido de las aguas, y vio que todas las hojas caían marchitas de los árboles como si hubiera llegado el invierno. Desenvainó allí la espada, lo único que le quedaba de todas sus posesiones, y dijo: —¡Salve, Gurthang! No otro señor ni lealtad conoces, sino la mano que te esgrime. No retrocedes ante la sangre de nadie. Por tanto ¿no quieres la de Túrin Turambar? ¿No me matarás de prisa?

Y en la hoja resonó una voz fría que le respondió: —Sí, de buen grado beberé tu sangre, para olvidar así la sangre de Beleg, mi amo, y la sangre de Brandir, muerto injustamente. Deprisa te daré muerte.

Y en la historia de Hurin, su hermosa Marwen y sus desdichados hijos se agita el problema del mal, las sombras tras que corremos y el dolor que nos agrieta y despoja. Hace falta una resistencia espiritual tenaz para saber que somos poco más que esas brumas que se deshacen y que por eso mismo, hay que avanzar aunque tengamos la desdicha de que nada se nos sea ocultado.

Cuando se hizo la oscuridad, Húrin resbaló de la roca y cayó en un pesado sueño de dolor. Pero en el sueño oyó la voz de Morwen que se lamentaba y que lo llamaba una y otra vez; y le pareció que la voz venía de Brethil. Por tanto, cuando despertó, junto con la venida del día, se puso de pie y regresó al Brithiach; y avanzando a lo largo de Brethil llegó en la noche a los Cruces del Teiglin. Los centinelas nocturnos lo vieron, pero se sintieron atemorizados, pues creían ver a un fantasma salido de un viejo túmulo de guerra, y que ahora andaba en la oscuridad; y por eso Húrin no fue detenido, y al fin llegó al sitio en que Glaurung había sido quemado, y vio la piedra alta, erguida a orillas de Cabed Naeramarth. Pero Húrin no miró la piedra, pues sabía lo que allí estaba escrito; y además había descubierto que no se encontraba solo. Sentada a la sombra de la piedra había una mujer, inclinada y de rodillas; y mientras Húrin la miraba en silencio, ella echó atrás la destrozada capucha y levantó la cara; tenía el pelo cano y era vieja; pero de pronto las miradas de los dos se encontraron, y él la reconoció porque aunque había espanto y frenesí en los ojos de ella, aún conservaban la luz que mucho tiempo atrás le había ganado el nombre de Eledhwen, la más orgullosa y bella entre las mujeres mortales de antaño.

—Has venido por fin —dijo ella— He esperado demasiado.

El camino era oscuro. Vine en cuanto me fue posible —respondió él.

—Pero has llegado demasiado tarde —le dijo Morwen—. Se han perdido.

—Lo sé —dijo él— Pero tú no.

Pero Morwen dijo: —Casi. Estoy agotada. Me iré con el sol. Queda poco tiempo ahora: si lo sabes ¡dímeló! ¿Cómo llegó ella a encontrarlo?

Pero Húrin no respondió, y se sentaron junto a la piedra y no volvieron a hablar; y cuando el sol se puso, Morwen suspiró y le tomó la mano, y se quedó quieta; y Húrin supo que había muerto. La miró en el crepúsculo, y le pareció que las líneas trazadas por el dolor y las crueles penurias se habían borrado en el rostro de Eledhwen. —Nunca fue vencida —dijo; y le cerró los ojos y permaneció sentado e inmóvil junto a ella mientras la noche continuaba avanzando.

Lucha contra el mal. Confía en ti. Sé valiente.